La cabañuela

Olivar fuensanteño.
Olivar fuensanteño, al fondo la Atalaya.

Aunque yo nunca fui un enamorado de las faenas agrícolas no significa que no me guste la naturaleza y ese ambiente de libertad, de placer y de paz que ella nos proporciona, sino más bien que encuentro muy duro el trabajo del campo y las condiciones en el que se desarrolla, yo también en mi adolescencia hubo una etapa en la que, de alguna manera, me convertí en un aprendiiz de agricultor cuando tenía 14 ó 15 años.

Resultó que a la muerte de el tío Juan uno de los hermanos estanqueros, de quién otro día les hablé,, como no tuvieron descendencia dejaron sus bienes a sus sobrinos y a una empleada de hogar que vivía con ellos llamada Pilar a la que nosotros queríamos como si fuese de la familia.
A mi madre le tocó una huerta que hay justo detrás de la Atalaya, esa que me sirve a mí para dar nombre a mis escritos, que hoy día pertenece a mi hermana Carmela.

Esa finca que contaba con una parte de olivar y el resto de huerta tenía un nacimiento de agua y una alberca que era fundamental para poder regar las hortalizas y los árboles frutales que en ella se plantaban, como yo era el único varón de la familia, y mi padre con su trabajo y con sus negocios, andaba muy ocupado siempre, a mí me tocaba ir a regar, cada semana, para que pudiéramos aprovechar sus hortalizas y sus frutos.

Esta faena, que se producía en el verano, me hacía madrugar para ir a realizar los riegos y poder estar a la hora de abrir el almacén en mi puesto de trabajo. Así que cuando mi padres se levantaban me despertaban, desayunábamos, cogía yo mi bicicleta, le ataba una azadilla en el sillín y allá que me iba a la Cabañuela, que así se denomina aquel paraje. Tenía que llegar hasta los Portillos y una vez allí subir por entre los olivos un carril muy pendiente hasta llegar a la huerta y ponerme a realizar la faena.

Llegaba a la alberca, que por cierto siempre tenía unos sapos enormes que a mí me daban asco y hasta miedo, abría el tapón y echaba el agua a la acequia y de allí a regar las plantas. Mi misión consistía en dirigir el agua por lo arroyos, esperar que se llenaran, y después taponarlos con tierra y conducir el agua al arroyo siguiente.

Una vez terminado el riego, calculo que una hora u hora y media, ponía el tapón de la alberca, cortaba el agua recogía mi herramienta y mi bici y para abajo como había mucha pendiente, hasta llegar a la carretera, se bajaba fresquito y sin dar a los pedales pero con cuidado para no coger mucha velocidad en aquella cuesta, una vez en la carretera como el pueblo está también hacia abajo el viaje de regreso siempre era cómodo.

Recuerdo de aquella etapa las nueces que había en una noguera muy grande junto a la alberca que hacía que allí nunca entrara el sol y que se recogían por el mes de Octubre así como las granadas, las gamboas y los caquis que había que ir con la burra del abuelo, una piqueta para las nueces y pasábamos casi todo el día allí. Recuerdo también que por Junio íbamos a por los albaricoques que eran excelentes, en Junio a por brevas y en Agosto a por los higos.

Y no se me olvidará nunca el olor característico y muy agradable de la huerta las plantas de tomates, de pimientos, de berenjenas, de melones, de sandías, de rábanos, de lechugas, de patatas, y el particular del fruto de cada árbol.
Era aquello, sin duda alguna, una gran ayuda a los gastos de la familia en cuestiones alimenticias y es una pena que esto se haya perdido, casi en su totalidad, en los pueblos de nuestro país porque hay muchas huertas de erial cuando con ellas se podían llenar muchas despensas que están vacías.

En aquella época se aprovechaba todo porque todo era necesario para poder vivir y así debería seguir siendo porque yo creo que de ser así otro gallo nos cantaría.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*